miércoles, 30 de noviembre de 2011

TRES NEPOMUCENOS, TRES.

Y los tres tienen alguna relación con José María Morelos y Pavón, el llamado, con razón, Padre de la Patria. El primer Nepomuceno se llamaba Juan Nepomuceno Almonte. Su madre fue Brígida Almonte y su padre el propio Morelos, que por su condición de cura no le dio su apellido. Por varios motivos quizá sea bueno que Juanito Nepomuceno no llevara el insigne apellido de su padre. Pues, si Morelos murió procurando la independencia de la patria, Juan Nepomuceno se desvivió procurando su dependencia. Debemos recordar que Almonte formó parte de la comitiva de conservadores mexicanos que fueron a buscar a Maximiliano para ofrecerle, en mala hora, reinar en estos lares. Después, Almonte se integró al imperio de opereta, que vino a topar, gloria a Dios en las alturas, con aquella piedra que fue Juárez. Los chamacos, en las clases de historia, se harían más bolas distinguiendo entre un Morelos independentista y otro Morelos dependentista. Por eso, qué bueno que el vástago se apellidaba Almonte.

El segundo Nepomuceno también se llamaba Juan, Juan Nepomuceno Rossains. Fue secretario particular de Morelos, cuando el poderío militar del caudillo ya declinaba. Era intrigante como él solo, a más de torpe militar (un dibujo de su rostro lo presenta extraordinariamente parecido a Ernesto Cordero, el panista; entonces comparten la cara…y la torpeza). Dicen que la última vez que Hermenegildo Galeana se entrevistó con Morelos le reclamó lo siguiente: “todo se ha perdido, porque usted se ha confiado en quien no debiera”. Después de hacer todo el daño posible a la causa independentista, Juan Nepomuceno Rossains se acogió al indulto del virrey. Ya en el México independiente, participó, en 1830, en un fallido levantamiento armado. Lo aprehendieron, lo fusilaron y colorín colorado.

El tercer Nepomuceno es de nuestros días, bueno, era: lo acaban de matar. Se llamaba Nepomuceno Moreno. Un hijo de este tercer Nepomuceno había desaparecido, a manos de la policía sonorense, según denunciara el propio Nepomuceno, a quien la misma policía pretendió involucrar en una balacera. Estuvo por ello en la cárcel, hasta que un juez lo declaró inocente.

Quienes recuerdan a Nepomuceno Moreno dicen que era un hombre tranquilo, alejado de todo aspaviento. Pero, terco como una mula, siguió buscando a su hijo, que desapareció cuando el procurador se apellidaba Murrieta. A la muerte de Nepomuceno, el procurador todavía se apellida Murrieta, y sigue siendo procurador (No insistan en que el gobernador Guillermo Padrés, lo quite; si pudiera, ya lo hubiera hecho. El que no pone, no quita ¿Qué no?).

La insistencia de Nepomuceno Moreno, en la denuncia de la desaparición forzada de su hijo, resultaba demasiado incómoda. Por ello había sido amenazado de muerte. Ante esas amenazas respondió muchas veces de la misma forma: “no importa si me matan, yo seguiré buscando a mi hijo”. Esa frase, esa respuesta, liga al tercer Nepomuceno con José María Morelos.

Pues debemos recordar la frase más famosa del generalísimo Morelos: “Morir es nada, cuando por la patria se muere”. Esta frase, que ahora se escribe en bronce, la escribió el cura de Carácuaro en una carta a su hijo Juan, el primer Nepomuceno estas notas.

De algún modo el tercer Nepomuceno murió por la patria, por reclamar el pedazo de patria que fue su hijo. Lo balearon, lo asesinaron, porque buscaba su pedazo de patria. Morir es nada. Merece más honores que los prodigados a quienes se caen de aviones y helicópteros.

José Martín Vélez de la Rocha

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